El agüero
El agüero
Margarita se asomó por la ventana y observó por unos minutos el ir y venir de los transeúntes. Apenas eran las siete de la mañana, pero la ciudad llevaba un buen rato despierta. Los gallos de la vecina habían cantado puntuales y en las calles se había comenzado a escuchar el ruido de las escobas que arañaban el pavimento. En esta ciudad polvorienta, había que desempolvar cada mañana cuando menos el pedazo de banqueta que a uno le tocaba.
Salió de su casa
como cada día: a las ocho de la mañana, con el bolso negro colgado del brazo y con
un traje sastre que le daba aire de ejecutiva. Era secretaria del gerente de
Banamex, y si algo la llenaba de orgullo era vestirse bien.
Margarita estaba a
punto de cruzar la calle para tomar un taxi cuando una combi pasó frente a
ella. La semana antepasada había visto pasar la misma combi dos veces por su
calle; estaba segura. Lo singular de su color y el modelo antiguo eran
inconfundibles. Además, la recordaba muy bien porque la primera vez que la vio fue
el día en que murió Doña Inés, su vecina de la esquina. A nadie le había sorprendido
la muerte de la anciana, pero lo que sí había dejado a todo el barrio
consternado había sido la muerte inesperada unos días después de un hijo de los
González. El joven había muerto súbitamente durante una noche de juerga
mientras reía a carcajadas. “Estaba malo del corazón y nadie sabía”, explicó la
Sra. González a todos los presentes en el velorio.
El día transcurrió
en el trabajo sin novedades ni contratiempos. A Margarita le gustaba su rutina.
A estas alturas, podía anticipar cada movimiento y necesidad de su jefe y
adelantarse a cualquier problema. “¡Qué haría yo sin usted, Margarita!” le
decía él todos los días. “Andaría como gallina sin cabeza”, respondía ella para
sus adentros.
Margarita era una
mujer de hábitos arraigados, constante en sus caminos y firme de valores. Para
ella, una buena vida se definía por la paz, la tranquilidad y la constancia. No
le gustaban los cambios ni las aventuras. Prefería una vida predecible y sin
riesgos que una de fuertes emociones y experiencias nuevas.
Margarita vivía sola.
Su única hermana se había quedado a vivir en la Ciudad de México al terminar la
carrera y se había llevado a sus padres a vivir con su familia. El barrio era
conocido en la ciudad por las primeras familias que construyeron allí sus casas.
“Ahí vivían los Torres, allá los Ortega, y allá donde está el mango, los
Cabrera”. Ahora eran los hijos o los nietos quienes las habitaban.
Margarita conocía personalmente
a la gente de su cuadra y sabía de memoria la hora en que entraban y salían. Su
calle no era muy transitada. Era una calle estrecha por la que apenas cabían
los volchos cuando había autos estacionados, y los camiones y las combis
de pasajeros la evitaban. Los únicos que se estacionaban allí eran los vecinos.
Al principio, no
le había puesto atención a la combi naranja, pero anoche la había visto de
nuevo y ya con esa eran tres ocasiones que pasaba por allí y se quedaba
estacionada. No había alcanzado a ver el rostro del conductor, pero el cabello
canoso le indicaba que muy probablemente era alguien mayor. Iba a tener que averiguar.
No fuera a ser algún maleante reconociendo el terreno. Desgraciadamente, por la
ciudad entera se daban casos de motociclistas y choferes que espiaban los
movimientos de la gente del lugar para planear sus atracos.
Margarita llevaba
meses sintiéndose mal de salud. Constantemente le dolía el estómago y tenía
diarrea. Había adelgazado un poco, pero no lo tomó a mal porque de por sí
quería bajar unos kilitos. El año pasado había visitado el rancho de un amigo y
había estado tocando a los becerros y a los pollos. Estaba segura de que había
pescado algún parásito, pero ya se había desparasitado varias veces y no veía
mejoría. Ni modo, tendría que ir al doctor. ¡Con la lata que era esperar turno
en la clínica del Seguro!
Una mañana, iba
cerrando la puerta de su casa cuando el ruido de un claxon la sobresaltó. Volteó
asustada y para su sorpresa era la combi naranja. ¿Le había pitado a ella? La
vio alejarse y estacionarse al final de la cuadra, enfrente de la miscelánea. De
pronto se dio cuenta de la hora, puso llave a la puerta y caminó de prisa hacia
el taxi de sitio que llevaba cinco minutos esperándola.
Por la tarde,
cuando regresó, halló a dos de sus vecinas platicando afuera de su casa.
—Ay, Margarita,
¿qué crees que pasó?
—¿Qué pasó?
—Se infartó Don
Felipe.
—¿El de la
miscelánea?
—Ajá…
Esa noche no pudo
dormir. Tres vecinos muertos en un mes…
Al día siguiente,
llegó al banco con ojeras y el chongo torcido. Se sentía triste por sus
vecinos, pero más que nada estaba ansiosa y no sabía por qué. A media mañana,
se asomó por la ventana de la oficina y para su asombro la combi naranja estaba
estacionada en la acera de enfrente. Sintió un escalofrío. Nunca se había
considerado una mujer supersticiosa, pero esa combi le parecía ave de mal
agüero. Tampoco pudo dormir esa noche. Lo bueno es que al otro día era sábado.
Margarita se
levantó tarde, contrario a su costumbre, se preparó un café y se tumbó en el
sillón. No tenía ganas de hacer nada. El fin de semana la pasó encerrada. Ni
siquiera fue a la iglesia.
El lunes llegó al
banco cinco minutos tarde. Lucía fatal. La cabeza le iba a estallar. No podía
concentrarse. Le tomó más de una hora escribir un memorándum de siete renglones.
Su jefe se dio cuenta de que algo andaba mal.
—Margarita, ¿por
qué no sale a tomar un poco de aire para despejarse?
—No, señor. Estoy
bien…
—Salga a
despejarse un poco. Es más, vaya a comprarme el periódico, que hoy no me dio
tiempo.
Margarita no pudo
oponerse a la orden de su jefe. No le gustaba perder el tiempo, sobre todo si
estaba atrasada, pero al menos iba a hacer un mandado, no solo a tomarse un descanso.
Margarita volvió
con el periódico y se lo entregó.
—¡Válgame…! ¿Ya
vio esta noticia, Margarita?
—¿Cuál? —respondió
tremulante.
—Se murió el dueño
de la ferretería.
—¿El de la esquina…?
—Sí
Margarita ya no
respondió. Su jefe apenas alcanzó a suavizar su caída y comenzó a pedir auxilio.
Cuando Margarita despertó, sus compañeros la miraban con preocupación.
—¿Qué me pasó?
—Te desmayaste…
—Y estuviste delirando…
—¿Delirando?
—Creo que tuviste
una pesadilla… de un zopilote color naranja que andaba rondando…
Margarita no dijo
nada. No quería que pensaran que estaba loca.
Una de sus
compañeras la llevó a su casa y ofreció quedarse con ella, pero Margarita no
quiso darle molestias. Estaba segura de que la semana de descanso que le había
otorgado su jefe le caería bien para calmar sus nervios. De unos días para acá,
se sentía aprensiva. De ser necesario, iría con un médico particular en lugar
de esperar la cita en el Seguro. Temía que su problema de salud fuera grave. Esa
noche se preparó un té de tila bien cargado, leyó la Biblia, hizo una oración y
se acostó. Aun así, el zopilote naranja volvió a revolotear en su sueño y
despertó sudando de tanto manotear en la pesadilla para espantarlo. Debía ser
un ataque de nervios; ella nunca había sido supersticiosa… Tenía que aplacar su
imaginación. La combi naranja la hacía pensar en la muerte, pero no tenía por
qué haber relación entre la muerte de esas personas y la combi.
Así pasaron cinco
días de encierro y mal dormir. Sin la rutina del trabajo, los días pasaban
borrosos ante sus ojos. Ya no sabía qué día era… ¿martes o miércoles? ¿El 23 o el
24? Agarró su celular: Era jueves, 25 de abril.
Esa noche se
desató un aguacero de los buenos. Las ventanas de la casa retumbaban con cada
trueno y los relámpagos iluminaban las habitaciones creando unas sombras
fantasmagóricas. Hacía mucho aire. Margarita se asomó por la ventana al
escuchar un chirrido. Un rayo le había dado a un poste de luz y las chispas
volaban como fuegos artificiales. Un segundo después, el cielo volvió a
resplandecer e iluminó la calle como si alguien hubiera encendido todas las
luces de un jalón. ¡Ahí estaba la combi naranja! Margarita leyó la placa: “DEP-25-04”
y cayó como fulminada por un rayo.
Cuando despertó,
iba en la combi naranja junto con un hombre más o menos de su edad, una niña y un
perro. Aunque no los conocía, se sintió en confianza con ellos. El conductor
era el hombre canoso. El hombre la miró por el retrovisor y le sonrió. ¡Era su antiguo
maestro de historia! ¡Y su esposa iba en el asiento del pasajero! Por un tiempo
difícil de definir (breve y eterno a la vez), lo único que se escuchó fue el
ronroneo del motor. Salieron de la ciudad y la combi agarró por un camino
empinado que llegaba a lo alto de un cerro. A lo lejos, se veían las luces de muchas
casas. Cuando llegaron a la cima, la combi se metió por una calle tranquila y
callada. No había movimiento. Dobló en un callejón y se estacionó frente a una
casa impresionante. El anciano tocó el claxon y un joven salió a recibirlos
entusiasmado. Margarita reconoció de inmediato a su viejo amigo de la infancia:
—¡Martín! ¡Cuánto
tiempo sin vernos! ¿Esta es tu casa? —preguntó fascinada.
—Sí, aquí vivo
desde hace años.
—Es hermosa, pero…
¿no te da miedo que la gente vea adentro y se metan a robar?
La casa era de
cristal, del cristal más limpio y claro que Margarita hubiera visto jamás.
—No, aquí no hay
ladrones.
“… donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde
ladrones no minan ni hurtan…” escuchó como en un
susurro.
Entonces comprendió,
y comprendió que morir no estaba tan mal.

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