Al día siguiente
Al día siguiente
Al día siguiente desperté convencida de que todo había sido un sueño. Fue un despertar súbito, sobresaltado. Mi vista se fijó en las partículas de polvo que flotaban en la franja de luz que entraba por alguna ventana. Volví a cerrar los ojos. “¡Qué sueño más hermoso!”, pensé. Fue entonces que escuché las trompetas.
El sonido metálico, vivo y claro, acabó de despertarme y me enderecé. ¡Vaya sorpresa! Me encontraba en una carpa con grandes cortinas de terciopelo rojo y tiras y orlas doradas. Las trompetas volvieron a sonar a la vez que la cortina que cubría la entrada se abrió.
—Hija de Eva, ¡levántate! Aslan viene a visitarte —me dijo un ratón gigante.
Aun sin entender, me puse de pie. La cortina volvió a abrirse y entró ¡mi gato! ¿Había o no sido un sueño?
—No, no lo fue —contestó sin que yo hubiera hecho la pregunta. De un salto, se acomodó en la cama y comenzó a acicalarse.
—¿Por qué dudas?
—¿Cómo puedo saber que es verdad… que no es un sueño o una alucinación?
—Ese ha sido siempre tu problema. Cómo estar segura…
—Reepicheep, abre la cortina —ordenó.
El ratón se dirigió a uno de los costados de la carpa y con actitud ceremoniosa desamarró los listones que sujetaban una cortina dorada. Cuando la abrió, otra cortina vaporosa ondulaba movida por un viento fresco. El resplandor del sol la traspasaba y creaba un rectángulo de luz en el suelo.
—Ven, párate aquí.
Obedecí y me paré en el centro del rectángulo. El brillo del sol era tal que me deslumbraba. Le tomó unos instantes a mi vista adaptarse.
—¿Qué ves?
—Nada… solo luz.
—Fíjate bien —me dijo con un rugido. Me tallé los ojos y volví a mirar.
—Veo la figura de alguien pequeño, creo que está sentado.
—¿Qué más?
—Se ha levantado y parece que viene hacia acá. Es un niño… ¡Es mi hijo!
Di unos pasos con la intención de salir de la carpa, pero el ratón me lo impidió.
—Pero Tajín, digo, Aslan. ¿Por qué no me dejas salir?
—Todo tiene su tiempo. Tú lo puedes ver, pero él no te ve a ti. Tampoco te puede escuchar. Llegará el día, hija de Eva. Confía en mí.
Sus palabras resonaron como un eco lejano que cada vez se oía más fuerte: “confía en mí, confía en mí, confía en mí, confía en mí”, y volví a despertar. Tajín estaba echado a mi lado y me miró entrecerrando los ojos de esa forma especial que, según los expertos, es la manera en que los gatos le dicen a uno que lo quieren.
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