El día que desperté en otro planeta
El resplandor del sol penetró mis párpados cerrados y me despertó. Era tanta la luz que solo alcancé en un principio a divisar el azul del cielo entre las ramas de un árbol y unas manchas luminosas que aparecían y desaparecían en lo que mis ojos se adaptaban a la claridad. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era que me había acostado sintiendo una profunda añoranza y una gran tristeza y me había puesto a llorar. Tajín, nuestro gato, había entonces saltado a la cama, se había acomodado en el hueco que formaba mi cuerpo en posición fetal y había empezado a ronronear.
Pero ¿dónde estaba ahora? ¿Estaba soñando? Era temprano y soplaba un aire fresco. Estaba acostumbrada a tener sueños extraños y vívidos, pero el viento se sentía tan real que no parecía un sueño. Me encontraba en una arboleda en medio de un valle. En el horizonte, se vislumbraban unas montañas de picos altos cubiertos de nieve. No había nadie más a mi alrededor, salvo dos ardillas que pasaron corriendo una detrás de la otra en un juego aparentemente muy divertido, pues sonreían.
El silencio y la quietud del lugar me causaron una sensación extraña, como si estuviera en el fondo de una botella. Poco a poco, no obstante, la arboleda comenzó a poblarse de los sonidos de otros animales. Un pájaro carpintero de cabeza roja empezó a picotear el tronco del árbol en que me había recargado. Era curioso, pero parecía que en realidad tocaba una canción conocida por todos. Las ardillas habían dejado de correr y escuchaban con atención. Hubiera jurado que aplaudían con sus manos diminutas. Los demás pájaros que se habían posado en las ramas hacía unos instantes —gorriones, azulejos, jilgueros, colibríes, canarios y otros que no reconocí—, daban saltitos al ritmo del picoteo del carpintero. De pronto, los jilgueros irrumpieron en lo que sonaba como un canto de celebración y todos los animales (que a estas alturas ya eran muchos) se orientaron hacia el este. Un gato venía caminando a lo lejos. Los pájaros, para mi sorpresa, no se inmutaron. Quizás no lo alcanzaban a ver todavía. Conforme el gato se fue acercando, me di cuenta de que era igualito a Tajín. No, no era igualito, ¡era Tajín! Iba a tener que atraparlo antes de que ese cazador empedernido cometiera una masacre. Me incorporé mientras los pájaros seguían de fiesta como si nada, y de repente, Tajín llegó hasta mí de un solo salto.
—Miau, miau
—¡Tajín! ¿Qué haces aquí?
—¿Que qué hago aquí? — respondió mi mascota con una voz grave y serena que para nada sonaba como los maullidos y chirridos a los que siempre recurría para convencernos de que se estaba muriendo de hambre. —Deberías preguntarme qué haces tú aquí y por qué te traje... —continuó.
—¿Tú me trajiste? —pregunté perpleja de que me pudiera hablar.
Se echó sobre una roca donde pegaba el sol y comenzó a explicarme con mucha calma. Mientras hablaba, iba aumentando de tamaño y su pelaje iba cambiando de tipo y de color. Dejó de ser un gato cualquiera y se convirtió en un imponente león. ¡Me encontraba en Narnia! Tajín, mejor dicho, Aslan, el Gran León e hijo del Emperador Más Allá de los Mares, me había traído para que viera a mi hijo una vez más.
Continuará
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