Augusto Cantalapiedra (creación de un personaje a partir del nombre)

 Augusto Cantalapiedra

Augusto: que infunde o merece gran respeto y veneración. Personas de apellido Cantalapiedra en México: 151 (Wiki Apellidos)

 

Augusto sabía que había decepcionado a su padre. ¡Era un Cantalapiedra, carajo! ¡Uno de solo 151 en México! ¿Y qué iba a hacer con su vida?

Se contaba en el rancho que el día de su nacimiento el terrateniente había mandado a matar al becerro más gordo, contratado a un mariachi y ordenado que fueran a conseguir cuetes de donde fuera. Esa noche habría fiesta.

Los sirvientes de la casa lo habían oído gritar de júbilo cuando su esposa dio a luz: “¡Por fin, un varón! ¡Te tardaste, mujer!” Decían que le había importado un comino que su mujer yaciera en la cama con una hemorragia que el doctor no le podía parar; que por pura suerte no se había muerto ese día.

El día del bautizo del niño, todos los invitados dieron por hecho que le pondría su mismo nombre. Después de todo, José Guadalupe Cantalapiedra era un hombre orgulloso, que se ufanaba de sus raíces y de lo que había logrado. “Basta de nombres de indios”, dijo exaltado y lanzando una carcajada. “Si a mí me respetan, a este hijo mío lo venerarán. Lleva mi sangre y yo le voy a enseñar lo que es ser hombre... Augusto. Augusto Cantalapiedra. ¡Sí, señor!”

Desde pequeño, Augusto mostró predilección por las actividades tranquilas que realizaba al lado de su madre y sus hermanas. Prefería pintar y dibujar mientras ellas cocían y bordaban, y sobre todo le gustaba que su madre le leyera y le contara sobre las obras de teatro y las presentaciones de ballet en las que había participado antes de casarse con su padre, cuando todavía vivía en la Ciudad de México. “Si no me hubiera casado con tu padre, lo más seguro es que me habría dedicado a la danza profesionalmente” le había dicho más de una vez. Las historias de su madre lo llenaban de emoción; los deseos de su padre le daban pavor. Lo que más detestaba era que lo obligara a salir de cacería. Detestaba matar a los pobres animales.

—Déjalo, José. A Augusto le dan miedo los caballos y las escopetas.

—Pues más vale que se le quite, porque yo no quiero maricas en mi casa. ¡Prepárate, Augusto!

Marica. Su padre lo había llamado marica ese día hace 13 años y se lo había repetido apenas ayer: “¡Vaya hijo marica que me tocó! ¡Qué chulo te vas a ver con tu tutú!”

A un Cantalapiedra no debían gustarle las artes. Un Cantalapiedra no debía bailar de puntitas con una bola de afeminados.

—Pero, padre. Yo quiero ser bailarín. Eso es lo que me gusta. Usted sabe que no soy bueno para los negocios ni las cosas del campo.

—Porque eres un maricón. Los hombres no bailan de puntitas. Nunca debí haberte mandado a esa escuela de puro niño fresa donde les enseñan de todo menos a ser hombres.  

Sí. Había decepcionado rotundamente a su padre. Pero no estaba dispuesto a decepcionarse a sí mismo.

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