El espacio como un personaje más del texto literario
La banda de chiquillos subió lentamente y pegaditos la treintena de escalones que conducen a la planta alta de la casa de los bisabuelos. La luz del celular, que les servía de linterna, arrojó al instante unas sombras largas sobre el suelo desgastado de terrazo verde. Sabían que eran sus propias sombras, pero no por eso dejaban de verse amenazadoras. No habían prendido la luz antes de subir para que la aventura fuera más emocionante, y aunque uno de ellos sintió el impulso de encender el interruptor al llegar al último escalón, los demás se lo impidieron. Se habían propuesto entrar a cada una de las habitaciones oscuras y desiertas que, desde hace muchos años, los miembros originales de la familia habían dejado de utilizar.
Si hubieran sido más observadores y hubieran estado menos nerviosos, habrían notado en las paredes descoloridas las señales del paso de los años y las manchas de las manos que sus mismos padres habían dejado de niños. Más de una vez, alguno había tenido que subir a usar el baño y había recorrido el tramo entre el último escalón y la puerta de la primera recámara, pegado a la pared por miedo a que alguien, o algo, saliera de repente de las habitaciones vacías de los tíos. El desafortunado recorría la distancia que quedaba ya sea corriendo o lentamente y de puntitas, como para no alertar a ningún fantasma de su presencia. A medida que avanzaba, miraba a los lados, por si acaso, o no despegaba los ojos de la puerta del baño, para no sucumbir a los engaños espantosos de la imaginación.
El pasillo de la planta alta siempre había sido espeluznante, incluso en sus mejores tiempos. El bisabuelo de la bandada siempre había usado dos focos unidos por los extremos para alumbrar esa parte de la casa (con el fin de ahorrar energía y dinero). Supuestamente, así las bombillas de antaño duraban mucho tiempo sin fundirse. Ha de ser cierto, porque hijos y nietos recuerdan que la luz era muy tenue y sucia, como el cristal algo ennegrecido de las bombillas viejas. Por eso, aunque prendieran la luz antes de subir cuando eran niños, siempre reinaron las tinieblas. De haber querido, los bisnietos hoy en día hubieran podido prender el foco LED que ahora alumbra mucho mejor.
El bisabuelo fue el arquitecto y jefe de obra y todo se hizo según sus especificaciones. Sin embargo, por alguna razón (no sé si se le acabó el dinero, o si simplemente por desidia) dejó partes de la casa sin terminar. Desde la ventana al final de la escalera, se puede ver un cuarto en obra negra lleno de cachivaches al cual sólo se puede llegar por la terraza de una de las recámaras, la que había sido del tío Octavio, el menor de los hijos. Era muy divertido jugar a la tiendita en la terraza durante el día con las hojas secas del almendro y las tortillitas que cortaban con una corcholata. (La tienda siempre estaba abastecida de “chicharrón” y de tortillas). También hubo quien se echó una siesta en ese cuarto escuetamente amueblado y de ventanas pelonas después de la escuela, pero de noche la oscuridad del pasillo y las sombras que proyectaba el alumbrado público daban un aspecto tenebroso a las ramas del árbol de los vecinos. Cuando las ramas se movían, cualquier chiquillo asustadizo bien podía imaginar que eran los dedos huesudos de una bruja haciendo un conjuro con los murciélagos que volaban entre el árbol y el poste de la luz.
Aparte de ese cuarto en obra negra, quedaron sin terminar en el pasillo unos armarios empotrados. Lo único que hay ahí, incluso ahora 70 años después, son dos huecos con bultos y cajas viejas amontonados, polvosos y cubiertos de telarañas.
Pues bien, la noche de esta historia, la banda de bisnietos había decidido explorar la planta alta de la enorme e inconclusa casa de la familia. El cabecilla, que en esta ocasión era una de las bisnietas más pequeñas valiente y atrevida, iba al frente con el celular. Cuando llegaron arriba, la susodicha apuntó la luz hacia el fondo mientras todos los demás se ponían detrás de ella dizque para protegerse. Allí estaba el famoso baño. Flanqueando al baño, estaban a mano derecha la recámara que había sido de los bisabuelos, y a mano izquierda, la de las hijas: Marta, Lupe, Esperanza y Trini. Apuntó luego la luz a mitad del pasillo y alumbró los dos huecos con sus montones de bultos y cajas maltratados por el tiempo, el polvo y la polilla. Las dos primeras recámaras, las que les quedaban más cerca, habían sido de los varones: la de Octavio quedaba a la derecha, y la de Felipe, Francisco y Antonio, a la izquierda. (Por cierto, el tío Francisco es abuelo de la cabecilla).
Como esta habitación era la más cercana, optaron por abrir primero esa puerta. La oscuridad era total... La luz del celular alumbró tres camas viejas y un escritorio con un manojo de papeles amarillentos. De pronto, todos pegaron un grito. “¡Aaaah!” La luz del celular había importunado a dos enormes cucarachas (de esas que vuelan), las cuales, confundidas, corrían precisamente en dirección a ellos. “¡Aaaah!” Oyeron los adultos desde abajo. “¡Aaaah!” siguió gritando la bandada mientras bajaban a toda prisa la escalera. “¡Unas cucarachas! ¡Unas cucarachas!”
Ninguno de los adultos se atrevió a decir que exageraban, porque al mirar a los chiquillos cada uno se vio a sí mismo reflejado, como hace tantos tantos años.
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