Escena
Entró al supermercado
de la colonia como venía haciéndolo desde hace cinco años cuando se casó con
Felipe y se mudaron al departamento 302 de la Calle Río Rin #40. ¡Qué fácil es andar
en piloto automático una vez que el hábito se ha formado!
—Buenos días, señorita
Laura— le dijo el guardia que siempre estaba de turno los sábados por la
mañana.
Laura se siguió de
paso como si no lo hubiera visto ni oído. Tenía en la mano derecha una hoja
pequeña con la lista del mandado, pero cualquiera habría pensado que los anaqueles
estaban vacíos porque, aunque recorría los pasillos de siempre, no echaba nada
en el carrito. Se detuvo en el anaquel de las promociones. El día de hoy
estaban en oferta las verduras y las legumbres enlatadas. “Podría hacer la
ensalada de garbanzo, frijoles rojos y frijol de soya que tanto le gusta a
Felipe”, pensó. Estiró la mano para agarrar la primera lata: frijoles rojos
marca Goya. La miró por unos instantes como si se cerciorara de que eso era lo
que quería. De pronto, la dejó caer al suelo y con los ojos nublados por un
llanto incipiente comenzó a agarrar y a tirar desenfrenadamente todas las latas
a su alcance.
“Atención. Se
solicita personal de seguridad en el área de promociones. Personal de seguridad
al área de promociones”, dijo de prisa una voz femenina por el altavoz.
Cuando el guardia
llegó porra en mano, encontró a Laura sentada en el piso entre varias decenas
de latas y la hoja del mandado estrujada y mojada por sus lágrimas, que ahora
caían a torrentes.
—¡Señorita Laura!
¿Qué pasa? ¿Se siente bien? ¿Quiere que vaya a buscar al joven Felipe?
—No. Ya no está.—respondió
entre sollozos.
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