Minerva (creación de un personaje a partir de una fotografía)
Minerva se veía cansada, pero tranquila como todos los días. La mujer se levantaba de madrugada, se dirigía al centro de distribución y ya para eso de las 6:00 estaba abriendo el puesto de periódicos y revistas en una de las entradas del mercadito de zona El Calvario.
Algunos comerciantes la llamaban “La China”
por sus ojos rasgados y el gorrito que, si bien no tenía nada que ver, les
recordaba al “Karate Kid”. Otros le decían “La Flans” por su ropa bombacha,
estrafalaria y el montón de pulseras, anillos y el reloj de goma que parecían
sacados de la época de los ochenta.
Las malas lenguas decían que
era marimacha y que ya estaba grandecita como para andar con esas ondas. Aunque
la criticaban por su vestimenta, lo que más resentían unas cuantas envidiosas era
el hecho de que ni los chismes ni las críticas parecían hacer mella en el gesto
apacible de mirada suave y sonrisa leve de Minerva. Su personalidad era un imán
que atraía a muchos de los trabajadores del mercado, jóvenes y viejos, y no
faltaba quien a media mañana se jalara una silla y se sentara a almorzar y a
platicar con ella antes de continuar con el trajín del día.
Nadie sabía gran cosa de su vida. Vivía sola
en la colonia Ejidal en una casa alquilada a medio terminar con cuatro perros
callejeros que la habían adoptado como líder de su manada. Que se supiera, no
tenía parientes en la ciudad. Había llegado a Iguala sola hace unos 20 años y
la primera vez que la vieron los del mercadito estaba barriendo la calle junto
con otros barrenderos municipales. También ese día iba vestida de negro y
llevaba puestas sus “alhajas”. La única diferencia fue el chaleco color naranja
que, como medida de precaución, ocupaban los barrenderos.
Minerva era una mujer joven envejecida, o una
vieja tragaaños. Nadie sabía a ciencia cierta. Nadie conocía su edad ni su
pasado. Ya se habían hecho varias apuestas, pero hasta ahora nada se había confirmado.
—Apuesto que tiene 40, pero que sufrió un
desamor y eso la envejeció.
—Apuesto que nunca se casó ni tuvo hijos y
por eso se conserva joven.

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