Ejercicio sobre los sentidos. El oído. La máquina

 

Ya había escuchado el pitido de alarma de esa máquina muchas veces en su papel de intérprete médico. Era de los sonidos típicos de la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. Cada vez que comenzaba a pitar, la enfermera se acercaba al monitor, silenciaba la máquina, observaba al niño, le meneaba las piernas, le hacía cosquillas y le hablaba tiernamente: “Respira, bebé, respira”. Normalmente, el tacto y la voz de la enfermera bastaban para que el nivel de oxigenación volviera a estar dentro de los parámetros aceptables y la máquina no volvía a pitar. Sin embargo, había bebés cuya saturación de oxígeno bajaba constantemente. Su hijo era de ellos.

Lo habían dado de alta no porque estuviera bien, sino porque lo que tenía no se quitaba y los médicos pensaban que era cuestión de tiempo para que por fin fuera imposible silenciar la máquina. La familia se organizó para que siempre hubiera alguien de guardia: ella, su esposo, sus suegros, sus propios padres, que habían adelantado su viaje para alcanzar al nieto vivo. El pitido de la máquina no dejaba descansar a nadie. Constantemente, el niño dejaba de respirar y la máquina emitía el sonido de alarma: bip, bip, bip, bip, bip... 85, 84, 83, 82, 81, 80... Rápido se levantaban a revisar al niño, a menearle las piernas con cuidado pero con firmeza, a hacerle cosquillas, para que volviera a respirar.

Pasaron así tres semanas. Día y noche, la máquina pitaba continuamente. A veces eran eficaces las cosquillas y el meneo de las piernas; otras veces no y hubo que darle reanimación cardiopulmonar. El día que cumplió 21 días de nacido, lo reanimaron seis veces. Maldita máquina; no eran falsas alarmas. Bip, bip, bip, bip, bip... 75, 74, 73, 72, 71, 70...

“¡Basta! Si su cuerpo no puede por sí solo, dejémoslo partir...” dijo desesperada. Ya no más compresiones en el pecho e insuflaciones boca a boca: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30; fu fu; 1, 2, 3, 4, 5, 6... 30; fu fu... 1, 2, 3... 30; fu fu; 1, 2...

La máquina dejó de pitar ese día. El niño ya no volvió a padecer episodios de apnea.

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