Penélope

 

Penélope se asomó por la ventana del salón de clases y vio a varias jovencitas que charlaban y reían despreocupadas con algunos muchachos afuera del laboratorio de química. Penélope también era amiga de esos muchachos, pero nunca se sentía a gusto cuando estaban ellas. Esas muchachas eran de las guapas de la prepa. Ella era de las estudiosas y estaba flaca. No que no tuviera también sus admiradores, y ciertamente era muy apreciada y querida por todos sus compañeros. Sabían que jamás les negaría un favor y que incluso era capaz de dejarlos copiar en los exámenes, pero a esa edad, ser bonita era mejor que ser aplicada.

Su inseguridad no era cosa nueva. Tenía vivo el recuerdo de cuando de niña, en un viaje a unas jornadas médicas de pediatría en Oaxaca a las que asistió su padre y a las que llevó a toda la familia, uno de los doctores tenía una hija, más o menos de su edad, güerita, rubia y de ojos claros. De regreso al hotel, tras visitar una de las zonas arqueológicas, el grupito de niños conversaba con entusiasmo en el autobús. Penélope estaba con ellos, pero solamente los escuchaba. Uno de los adultos del grupo se unió a la conversación. Penélope no recordaba ya lo que había dicho la señora, salvo que, por alguna razón, le había hecho precisamente a ella una extraña pregunta: “¿Verdad que Elena es la más bonita?” Penélope asintió. ¿Qué más podía responder una niña de unos nueve o diez años? De pronto, cayó en cuenta: la señora había pensado que Penélope era niño. Se sintió muy avergonzada de traer el pelo tan corto.

Cuando tenía unos once o doce años, a menudo se miraba en el espejo y observaba las manchas blancas que tenía en la cara. A esa edad, no sabía que eran manchas causadas por el sol, sólo que la hacían verse más fea. Lo peor eran las decenas de cicatrices de picaduras de mosquitos que tenía en las piernas y que le bajaban la autoestima todavía más. Sus padres le decían que los mosquitos la seguían por ser tan dulce; ella sentía que era la niña más desdichada del mundo.

Ya para segundo de secundaria, algunas de sus compañeras tenían pechos y buenas caderas y a los muchachos se les caía la baba por ellas. A Penélope no le interesaba tener pechos grandes ni ser caderona, pero el cuadro completo, es decir, lo flaca, lo plana y las trenzas, la colocaba en el grupo de las “sin chiste” y ella lo sabía. Todos sabían quiénes eran las chicas bonitas y famosas de la secundaria. La mayoría iba en el Grupo A. Penélope iba en el B. Las del B no eran famosas, pero había una que otra bien desarrollada.

Además, cuando se trataba de participar en desfiles y representar a los aztecas, ella y otras chicas morenas eran de las primeras en la fila. Sus rasgos más indígenas y el pelo largo cuadraban muy bien con la vestimenta. Años después sería motivo de orgullo, pero no a esa edad, no cuando todavía era susceptible a los prejuicios de raza y color de muchos mexicanos.

Entre los muchachos que platicaban afuera del laboratorio de química estaba el chico que le gustaba. Daniel era uno de los mejores deportistas de la escuela. Era sanguíneo, amiguero y bien parecido. Penélope sabía que más de una de las chicas guapas andaba tras de él y jamás había albergado esperanzas de que él se fijara en ella. Ya no se peinaba de trenzas ni estaba tan flaca como en la secundaria, pero no se distinguía por su belleza. Penélope sentía pena por sí misma. Se sentía como una pieza de rompecabezas que no encajaba porque en realidad pertenecía a otro juego.

Una mañana, durante la clase de matemáticas, Penélope sintió que alguien la miraba. Era Daniel. Cuando Penélope lo miró, Daniel esbozó una enigmática sonrisa y ella no supo qué hacer. Bajó la mirada y se escurrió en el asiento de la butaca. Nunca había sentido ese calor que la derretía como mantequilla.

¿Qué significaba esa mirada? No había sido una mirada común y corriente, como las que uno intercambia en el transcurso del día. Esa mirada había sido intencionada. ¿Cuál había sido la intención? ¿Se había dado cuenta Daniel de que le gustaba? ¡Qué vergüenza! Esa noche Penélope no pudo dormir. No quería entusiasmarse. No quería salir lastimada.

En una ocasión, cuando recién había entrado a la prepa, una de sus compañeras se le acercó durante la clase de dibujo técnico para decirle que una chava de otro grado le había preguntado quién era Penélope Mendoza. Cuando su compañera la señaló, la muchacha había exclamado con un aire de suma confianza: “¿Ella es? A ella se lo bajo fácilmente”.

Esa misma tarde, Ricardo Peñafiel, parte de la palomilla de adolescentes de la colonia, fue a buscarla a su casa. “Quería pedirte disculpas porque mentí y le dije a una chava que eras mi novia para zafarme de ella. Espero que no te moleste”. No le molestaba, pero indirectamente la había hecho sentirse humillada: En la opinión de aquella chava, Penélope no era lo suficientemente bonita como para que el galán de Ricardo Peñafiel fuera su novio.

El resto de la semana pasó sin novedades. Penélope se sentía cada vez más cohibida en la presencia de Daniel y trataba de ni siquiera mirarlo. El viernes, después de la última clase, la de química, todos comenzaron a despedirse y a salir del salón. Unos cuantos muchachos se quedaron en la puerta platicando, entre ellos Daniel. Penélope hacía tiempo acomodando sus cuadernos en la mochila, esperando que el grupito se fuera para poder salir del salón sin tener que hablar con ellos. Mientras hurgaba en la mochila como si buscara una aguja en un pajar, alguien se le acercó.

—Hola, Penélope.

Penélope sintió que el corazón se le aceleraba y que las mejillas se le ponían calientes.

—Hola, Daniel.

Daniel se sentó en la butaca de al lado y le sonrió. Luego, algo nervioso, le preguntó:

—¿Quieres ser mi novia?

Penélope alzó la vista y vio asomados en la ventana a los amigos de Daniel. La bola de muchachos los miraba con una sonrisa de satisfacción. Su plan había salido al pie de la letra. Esa noche, Penélope no pudo dormir de la alegría.

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