El loco

 

El loco

Esperaba ansioso la noche, nervioso y agitado. Su apariencia desaliñada y enjuta lo hacía verse quebradizo, como si el temblor de la mano que se llevaba el cigarro a la boca fuera el comienzo de su desmoronamiento. Caminaba de un lado a otro, se asomaba a la ventana. ¿Y si no venía esta vez? ¿Y si lo había abandonado? Su mayor temor era ser poca cosa para ella, vivir encadenado a la mediocridad y al olvido, o a la indiferencia. El tic tac del reloj le taladraba las sienes desde la mañana. ¡Maldita sea, que ya llegue la noche! Era un milagro que estuviera en pie. Tomaba una taza de café, luego otra y otra, las que fueran necesarias. Si la cafeína no surtía efecto, el ardor en la boca del estómago le impedía dormir. No podía darse el lujo de dormir. Ese estado febril y de perpetuo agotamiento era necesario, indispensable, para recibirla. No sabía si soñaba despierto, si era un espejismo causado por la falta de descanso, o si se estaba volviendo loco; lo importante es que ella venía, fuera como fuera. Y no podía perderla... Si la perdía, perdería todo. 

Se dejó caer en el sillón, se desabotonó aún más la camisa. Se sentía afiebrado. Agarró la coca que llevaba días destapada sobre la mesa de centro. La escupió asqueado; estaba tibia y sin gas. ¿Qué esperabas, idiota? Su saliva y la coca mojaron su libreta. ¡Me lleva...! Ocupó la manga para secarla. ¿Dónde había quedado la pluma...?  

Buscó la pluma, se la puso en la oreja y se llevó las manos a la cara. ¿Cómo atraparla? ¿Cómo atraparla y no dejar que se esfumara cuando empezara a clarear? Ocho, diez, doce horas con ella no bastaban. ¿Cómo convencerla de que se quedara? Tenía que convencerla de que se quedara, de que no podía vivir sin ella; si se iba, todo estaría perdido. Estaba loco, loco, loco. Era un loco atrapado en una historia de fracasos. En vano se hacía ilusiones. La Musa no se quedaría, y él seguiría siendo un escritor de pacotilla. 

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