La disyuntiva


Marcela Swanson se sentó frente a su escritorio y respiró hondo. El sol entraba límpido por la ventana recién lavada de la habitación y enmascaraba unas temperaturas que lo congelaban todo. Acostumbrada a pensar en símiles y otras figuras retóricas, reparó en la similitud entre su vida y esa mañana: se veía esplendorosa, pero en realidad….

 

Las apariencias engañan. Aun antes de poderlo articular, supo que este refrán era muy cierto. ¿Cuántas veces no había dado algo por sentado, para luego llevarse la sorpresa de que era todo lo contrario? No solo las apariencias engañaban, sino que la gente echaba mano de ellas para engañarse a sí misma y a los demás, para hacer frente a las dificultades o para llevar la fiesta en paz. Llevar la fiesta en paz. Ese era otro de los refranes de gran utilidad cuando se prefería ignorar la verdad, o enterrarla.

 

Se sentía muy inquieta ese día; los recuerdos y sentimientos reprimidos hacían ebullición en su pecho y estaba indecisa de qué hacer con ellos. Era uno de esos días en que cada objeto, cada situación, la conducía a un recuerdo que irremediablemente se añadía al torbellino de memorias que hacía que la cabeza le diera vueltas.

 

Se levantó y se dirigió al librero. En el segundo estante estaba el álbum fotográfico que se había traído de casa de sus padres hace años. Estaba segura de que ni cuenta se habían dado. Le dolía ver esas fotos. Quien las viera fácilmente se formaría una impresión equivocada de su familia. Las apariencias engañan.

 

Sus padres habían sido (corrección: todavía lo eran) personas exitosas, conocidas y admiradas en su círculo social. Su padre era dueño de un bufete de abogados y su mamá, de una boutique y spa frecuentada por mujeres adineradas. Siempre habían sido (y seguían siendo) el alma de las fiestas de la alta sociedad y con frecuencia organizaban reuniones sociales en el amplio salón o en el jardín de la casa de arquitectura vanguardista que habían mandado a construir en la exclusiva zona de Lake of the Isles. Los vestidos de coctel y las zapatillas de tacón de su madre y sus invitadas deslumbraban sus ojos de niña. Las carcajadas de los señores la hacían sentirse segura. El ambiente relajado y festivo le daba la sensación de que todo marchaba bien. Sin embargo, este mundo perfecto se desvanecía al cabo de unas horas. Después de despedir a todos de beso y abrazo, tras cerrar la puerta, su padre se quitaba el saco, se tiraba en el sofá de la sala de estar y prendía el televisor; su madre tomaba una última copa y se retiraba a su cuarto. Sus padres dormían en cuartos separados desde hace mucho tiempo. Desde el nacimiento de su hermano, para ser más específicos.

 

Su hermano nació cuando ella tenía cinco años. A esa edad, se guiaba por el estado de ánimo de los demás para darse idea de si algo era bueno y admisible o una decepción. Durante días incontables, mientras la barriga de su madre se ponía cada vez más grande, la casa había sido un hervidero de actividad, un ir y venir de compras, de ordenar muebles nuevos, de fiestas y baby-showers. Esos habían sido los días más alegres de su vida. Su madre estaba entusiasmada, y el entusiasmo se traducía en tiempo juntas y juegos. Todo cambió cuando su hermano nació. La casa había quedado en silencio, un silencio que hasta ahora no podían romper. 

 

Su hermano nació y murió dos días después. Ni siquiera lo conoció. ¿Por qué no la habían llevado a verlo? Sus recuerdos eran vagos, pero el desasosiego persistía. Desde un principio sospechó que algo ocultaban; aun a sus cinco años, se dio cuenta. A estas alturas de su vida, no le quedaba duda. ¿Por qué dejaron de hablar de él? ¿Por qué no habían puesto fotos de él junto a las suyas? Tenía grabada una ocasión cuando en casa de uno de los amigos de sus padres alcanzó a escuchar una conversación entre dos mujeres:

 

—Desde que tuvo al niño, no volvió a ser la misma. Ni siquiera nos permitió visitarlos para darles el pésame…

 

—¿Qué enfermedad tenía?

 

—Nunca nos dijo, pero las paredes oyen. Una de las criadas le dijo a mi chofer, un día que les envié un regalo en memoria del niño, que Flavio había mencionado un síndrome, parecido al de Down, pero mucho peor, que sus manitas y su carita estaban deformes. Flavio estaba hablando por teléfono y la criada alcanzó a escuchar. Pero dicen las malas lenguas que en realidad no murió….

 

El timbre del teléfono la sacó de sus cavilaciones. Era su editor. “No, no he empezado. Perdón, pero no he tenido ganas. Me falta inspiración. Estoy bloqueada. Sí, ya sé que están esperando la continuación de la serie. Comienzo mañana. Te lo prometo. No, hoy no puedo reunirme. Adiós”.

 

Tenía 17 años cuando escuchó la conversación entre esas dos mujeres. Cuando regresaron a la casa, les preguntó a sus padres sobre su hermano y las circunstancias de su enfermedad y de su muerte, pero se topó con un muro de silencio otra vez. Su madre estaba cansada y su papá tenía que ver un asunto pendiente antes de dormir. “No hay nada que ya no sepas”, respondió su madre. “Nació mal del corazón y murió. Hasta mañana. Que descanses.”

 

“No hay nada que ya no sepas.” Con eso la habían callado.

 

Lo malo del silencio es que carcome cuando es forzado, y lo permea todo. Aun aquellas cosas que no hay por qué dejar de hablar comienzan a perderse en ese hoyo negro que todo lo hace desaparecer. La evasiva de sus padres fue mermando más y más su relación con ellos. Para entonces, Marcela entendía claramente que a veces era más fácil escapar de la realidad que enfrentarla. Consideraba, de hecho, que esta era la razón por la cual se había sumergido en la lectura y había decidido estudiar Letras y luego sacar una maestría en Literatura fantástica. Era buenísima para crear mundos fantásticos donde, tras pasar por muchos vericuetos, los protagonistas salían triunfantes. A los lectores les gustaba eso, a juzgar por la demanda de sus libros.

 

El silbido de la tetera la volvió a sacar de sus pensamientos. Se sirvió el té y volvió a su escritorio. Comenzó a hurgar en el cajón por su libreta y una pluma. La sombra de una nube la hizo volverse hacia la ventana y observó por un momento los árboles pelones que parecían tiritar de frío. Se encontraba ante una disyuntiva. Sus padres ya tenían 70 años, pero seguían igual que siempre. Visitarlos era un acto continuo de guardar las apariencias, de fingir que todo estaba bien entre ellos y en sus vidas. Si alguno de los tres tenía algún remordimiento o algún deseo truncado, era mejor ocultarlo. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Rascar hondo en el pasado y volver a hacer las preguntas que se había tragado y que ebullían en su interior, y no aceptar esta vez el silencio como respuesta? ¿De verdad quería abrir la caja de Pandora y darle el tiro de gracia a la relación moribunda que tenía con sus padres? Sí, rotundamente. Quería agarrar esa pluma y empezar a plasmar con letras grandes un retrato fiel de sí misma, de sus padres, del hermano que nunca conoció, de su propio matrimonio fallido, de su anhelo de ser madre, de su esterilidad, de su amargura, de su soledad.

 

Aunque afuera el sol no lograba calentar los huesos de nadie, allí, en el interior de su habitación y con la ayuda del cristal, sus rayos habían comenzado a calentarla a ella. Estaba lista, dispuesta, a empezar a escribir sus memorias y sanar.

 

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