La trampa
Elena dejó caer la taza, se quitó el delantal y salió de la cocina con paso firme. Había comenzado el día con entusiasmo, pero ahora los pastelillos que con tantas ganas se había propuesto hacer le parecían una soberana pérdida de tiempo.
Se había levantado temprano, alegre y optimista. Se había mojado la cara y mirado en el espejo del lavabo. Era muy bonita. Su cabello negro y lacio enmarcaba su rostro de tez blanca, nariz fina, labios rosados y ojos verdes. Se había acercado al ropero y se había observado en el espejo de cuerpo completo. El camisón de seda revelaba fielmente el contorno de sus piernas, pechos y glúteos torneados por el ejercicio que hacía cada mañana. Este día le tocaba hacer pesas y pilates.
Mientras se daba un baño en la tina, pensaba en Roberto. La música de Nat King Cole que salía del sistema Bose la había puesto soñadora. Unforgettable that’s what you are, unforgettable though near or far…
Roberto llegaría esa noche y Elena estaba segura de que le pediría matrimonio. Antes de irse de viaje, Roberto le había insinuado sus intenciones y ella planeaba sorprenderlo con una cena. Nada del otro mundo; solo haría unos pastelillos dulces y otros salados, abriría una botella de vino y brindarían por su futuro.
A media mañana, había entrado a la cocina, se había puesto el delantal y había comenzado a preparar las delicias que había seleccionado para esta ocasión tan especial. Mientras amasaba la pasta, se había imaginado ya casada y despidiendo a Roberto por las mañanas con un beso suave: Lo vería partir al trabajo y se metería a la casa cuando el auto se perdiera en la distancia. Luego, se prepararía para ir al club con sus amigas, iría de compras y volvería por la tarde a preparar la cena, nada muy elaborado.
El cuarto de leche que pedía la receta la hizo pensar en la maternidad. ¿Cómo se vería? Elena se imaginó embarazada: Luciría radiante. Hoy día, había ropa de maternidad que hacía que las mujeres se vieran sexis en lugar de anticuadas. El embarazo le sentaría bien. Nunca se negaría un antojo, sobre todo si se trataba de comprar ropa. Imaginaba a Roberto chuleándola todo el tiempo y satisfecho de que fuera a ser la madre de sus hijos. ¿Hijos? Ella siempre había pensado tener un hijo nada más. ¿Y si Roberto quería dos o tres, o cinco, como sus padres? Roberto provenía de una familia grande. Tenía un hermano y tres hermanas y Elena sabía cuán orgulloso estaba de su familia y cuánto le gustaba platicar de su infancia. “Soy muy afortunado de haber tenido cuatro hermanos con quienes jugar y pelear.” Se le vino a la mente su futura suegra. Tenía entendido que había sido una belleza en su juventud. “La chica más perseguida de la facultad... pero yo fui el suertudo que se quedó con ella”, había comentado con una sonrisa y un guiño el padre de Roberto en una reunión familiar. Todos habían mirado a la señora complacidos ante el halago del esposo. Todos menos Elena, quien no había podido evitar reparar en las caderas y el abdomen anchos y flácidos de Doña Berta. Como si le hubiera leído el pensamiento, Doña Berta se había palmeado la barriga y había exclamado con una carcajada: “¡Antes de tener hijos, por supuesto!”
¿Cuántos hijos bastaban para ponerse gorda? Le diría a Roberto, por darle el gusto, que a lo mucho tendrían dos. Con la disciplina que la caracterizaba bajaría los kilos que subiera. Ella siempre había sido esbelta y deportista de por sí… ¿Y si Roberto no quería? ¿Y si insistía en que cuando menos tuvieran tres?
Elena se imaginó con un niño en brazos, otro de pie a su lado y otro en camino. Como cada mañana, despediría a Roberto y ella y los niños mirarían el auto hasta que desapareciera. La diferencia sería que, al cerrar la puerta, tendría que atender al chiquillo de tres años que hacía berrinche porque quería que también lo cargara; después, tendría que cambiarle el pañal a la de un año quien, para colmo, le había embarrado los mocos en el cabello, y después tendría que prenderles la tele para que se entretuvieran un rato y ella pudiera ir al baño. Elena se imaginó frente al espejo: tenía bolsas debajo de los ojos, con cada embarazo le salían más estrías, ninguna crema se las borraba, ¡y qué feo se le veía el ombligo!
Fue entonces que Elena dejó de amasar, le dio un sorbo a su café y se secó el sudor. El calor de la cocina era sofocante. Tomó otro sorbo de café muy lentamente y con la mirada fija, como viendo el porvenir. Tras unos segundos, esbozó una sonrisa de triunfo (la sonrisa de alguien que muy a tiempo se había dado cuenta de su error). Soltó la taza, se quitó el delantal y, con paso firme, salió de la trampa.
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