El boleto

 

El boleto


Karina Araujo se despertó triste, más triste que nunca. Pasó al baño, se mojó la cara y el cabello, se lavó los dientes y se puso la misma ropa del día anterior. Agarró su mochila y salió de su departamento. A esa hora, su madre y la mayoría de los vecinos seguían dormidos.

Salió del edificio y se encaminó hacia la estación del metro Tlatelolco. Los andadores de la unidad habitacional todavía estaban prácticamente vacíos, salvo por los barrenderos que cada mañana madrugaban para darle un aspecto más respetable a la vieja unidad. En cuestión de una hora, no obstante, se convertirían en un hormiguero por el que una multitud de hombres, mujeres y niños se desplazaba en todas direcciones.

Karina entró a la estación y compró dos boletos, uno para la ida y otro para el regreso, aunque no estaba segura de querer regresar. Bajó al andén y esperó el próximo tren rodeada de desconocidos y de gente a quienes ya consideraba sus conocidos a fuerza de la rutina. Allá estaba “el ejecutivo”, como ella lo llamaba, de pantalones y saco de vestir grises, zapatos negros recién boleados y portafolio. Más allá, estaba el grupito de estudiantes de preparatoria que, a juzgar por el escándalo que armaban cada mañana, eran los únicos que se levantaban con energía. Del otro lado del andén, estaba la señora gorda de mandil floreado, que de lunes a viernes arrastraba a dos chiquillos despeinados y con uniforme arrugado. Cerca de los muchachos, estaba una señorita de tacones altos, falda y blusa ceñidos y labios color rojo vivo, que miraba cautelosa a los hombres que estaban parados junto a ella. “Ha de estar vigilando que no la vayan a tortear”, pensó Karina. Lo bueno es que ella, Karina Araujo Pineda, no tenía por qué preocuparse. Con los pantalones y la sudadera guangos que traía puestos, los pelos lacios sin peinar y la cachucha que prácticamente le tapaba los ojos, era muy poco probable que despertara tentaciones.

Karina avanzó hasta el frente del andén y se metió en el primer vagón cuando arribó el tren. Era su día de suerte: había un asiento desocupado y nadie más parecía quererlo. Tomó asiento y sacó un libro. La mayoría de los pasajeros iban callados, leyendo o dormitando. Los estudiantes universitarios aprovechaban para alargar el sueño un poco o darle un repaso rápido a alguna materia. Karina reconocía a unos cuantos que cada día hacían el mismo viaje que ella. A su lado, iba un muchacho con audífonos, que movía rítmicamente la cabeza mientras tamborileaba una tonada sobre su pierna derecha. Cuando menos él estaba feliz. Frente a ella, un hombre leía La Jornada: “Martes 15 de octubre de 2019: Emboscan y asesinan a 13 policías en Michoacán”. Karina trató de leer su libro, pero no pudo concentrarse. México iba directito al infierno.

Tomó el boleto que le sobraba y lo puso entre las páginas del libro. Ese día no tenía energía para nada. Es más, ¿para qué iba a la universidad? Estaba súper atrasada con las tareas y las lecturas y, en realidad, le importaba un comino la carrera a estas alturas. ¿Cuántos más se sentirían como ella? Conforme pasaban las estaciones, sus conocidos y desconocidos entraban y salían de los vagones. No se había fijado que la señorita tentación se había subido al mismo vagón hasta que la vio bajarse en Hospital General. Quizás era secretaria.

Cada vez que el metro arrancaba, los carteles y los rostros de la gente en el andén se desdibujaban y convertían en rayas difusas de colores. Así le parecía la vida: desdibujada, difusa, movediza. Sentía ganas de llorar. Abrió el libro de nuevo y agarró el boleto. Sacó una pluma y con una letra diminuta empezó a escribir en él, como cuando hacía acordeones para los exámenes en la preparatoria. Desde el día que la pescaron, había dejado de hacer trampa por pura vergüenza. A decir verdad, ya no le importaba sacar buenas calificaciones.

El metro llegó a la última estación. Habían arribado a su destino cientos de estudiantes de la UNAM. Karina dobló el boleto de prisa y lo metió en la ranura que formaba el cristal de la ventana con el marco. Se levantó y dejó que la ola de estudiantes la sacara del vagón. Ese día no entró a ninguna clase. Se tiró en el césped y ahí se quedó durante horas. Su vida era un fracaso.

Oscurecía cuando se levantó insegura de qué hacer. Caminó a la estación del metro, compró otro boleto y se dirigió al andén. ¿Y si se lanzaba? ¿Y si terminaba de una vez por todas con su patética existencia? Su vida se proyectó en su mente en una sucesión de imágenes y sonidos que pasaban a toda velocidad. La puerta del vagón se abrió frente a ella. Parpadeó, como quien se da cuenta de que ha estado soñando despierto, y entró. No se había atrevido.

Vaya que era su día de suerte: otra vez había un asiento desocupado que nadie quería. El tren comenzó a avanzar y se apoderó de ella un sopor. De pronto, notó que justo enfrente de donde ella estaba sentada, en la ranura de la ventana, estaba un boleto doblado. ¡Tenía que ser el de ella! Se levantó a toda prisa:

—Con permiso, ¿me permite agarrar ese boleto? Es mío —dijo apenada. El hombre que ocupaba el asiento la miró extrañado.

Karina se metió el boleto en un bolsillo y tomó asiento. El corazón le saltaba y le ardía la cara de vergüenza. ¿Cómo se le había ocurrido escribir sus penas en el boleto? Qué ridícula era. Tanto drama… ¿para qué? Ahí seguía; iba de regreso a su casa, en ese vagón lleno de conocidos y desconocidos cansados, sudorosos, platicando, dormitando, oyendo música, mirando la vida pasar en las estaciones de la Línea 3 del metro de la Ciudad de México.

La marea de gente ya había bajado y los pasajeros salieron con paso cansado de la estación. En los andadores había ahora hombres y mujeres que regresaban del trabajo, grupitos de adolescentes que echaban relajo con los amigos, y en los sitios más oscuros, había parejas sentadas en las jardineras conversando e intercambiando caricias y besos tiernos o apasionados. Karina llegó a la entrada de su edificio y subió corriendo las escaleras. La puerta de su departamento no tenía seguro. Su mamá ya había llegado. Si el departamento estaba a oscuras, seguramente tenía migraña o estaba tomada. Karina cerró la puerta con cuidado y se dirigió calladamente a su cuarto.

—¿Karina? Hay sopa de fideo en la olla, si quieres.

—No tengo hambre. Gracias.

—Pues no comas entonces…

—Hasta mañana, mamá. Que descanses.

Estaba tomada.

Karina tenía ganas de golpear las paredes, de romper cosas, de lanzarse por la ventana. Mentira, no se atrevía. Quizás mañana tendría el valor de quitarse la vida, pero hoy no. Se tiró a la cama y amortiguó sus sollozos bajo las sábanas hasta quedarse dormida. La despertaron los toquidos en la puerta.

—Karina, ¿no vas a ir a la universidad?

—Ah… hoy no hay clases. No sé qué rollo va a haber y las suspendieron —. Lo bueno es que su mamá nunca indagaba mucho.

Era un día soleado. El cielo se veía azul sucio como era habitual en la capital. La ciudad había despertado ya hacía varias horas. Karina se acordó del boleto y lo sacó del bolsillo. A lo mejor era masoquismo, pero quería leer de nuevo lo que había escrito la mañana de ayer en ese arranque de tristeza y desesperación. Desdobló el boleto y leyó:

No lo hagas. Mejor llámame.

 55 7232 0740. Sinceramente, Lalo.

¡No era su boleto! ¿Alguien le había dejado un mensaje? No, no podía ser. Cientos de personas dejaban mensajes en los vagones del metro, sin duda. No tenía por qué ser para ella. Quizás alguien le estaba pidiendo a la novia que no terminaran. ¿Pero y si el mensaje era para ella? ¿Y si un completo desconocido se había tomado la molestia de escribirle? No. Lo más seguro es que fuera pura coincidencia…  

…..

—Me pregunto cómo estará. No he dejado de pensar en ella desde ayer. Supongo que está bien. Si no, ya se habría corrido la voz. Las malas noticias tienen alas. Ya la había yo visto en la facultad, pero ha de ir en otro semestre porque no hemos coincidido en ninguna clase. La he visto en el metro varias veces también y siempre me ha dado la impresión de que está triste, por eso me atreví a agarrar el boleto que dejó. Me latía que había escrito algo importante. Ayer se veía muy desaliñada, como que nada le importaba. El bebé que estaba al lado de ella a cada rato la miraba y le sonreía, y ella ni en cuenta. Se me hizo raro. Espero que no se haga daño. Espero que de puro milagro haya visto mi mensaje.

—De plano, no me puedo concentrar. Hoy tampoco la vi en el metro en la mañana ni en la universidad. ¿Y si se suicidó?

De regreso, Lalo Núñez sacó otro boleto y una pluma. Sabía que era una idea descabellada, pero ¿qué otra cosa podía hacer? No había vuelto a ver a la chava del mensaje y ya habían pasado dos días; claro, había cientos de trenes y cientos de vagones, pero se estaba guiando por instinto y por el hecho de que las pocas veces que la había visto había sido en el primer vagón. De eso no le quedaba duda porque él siempre viajaba en ese vagón y, además, tomaba el metro a la misma hora todos los días, menos los viernes, porque no tenía clases y trabajaba. ¡Chin…! Mañana era viernes. De todas formas, las probabilidades de encontrársela en ese vagón y a esa hora eran relativamente buenas… si todavía estaba viva.

Sé que no soy nadie para decirte que no te rindas, pero no lo hagas.

Lalo 55 7232 0740

…..

—No tiene caso que vuelva a la universidad. Voy a perder el año, pero me vale. La verdad, sería una cosa menos. No sé qué hacer.

Karina volvió a sacar el boleto del metro.

—Quiero creer que es una señal de parte de Dios, pero ¿y si no? ¡Dios, mándame otra señal, por favor! ¡Muéstrame que mi vida sí te importa y que le importa a alguien!

Karina se levantó temprano al día siguiente. Caminó de prisa a la estación del metro, compró dos boletos y esperó el tren en su lugar de costumbre. Recordaba muy bien dónde había dejado y encontrado el boleto del metro. “Por favor, por favor, mándame otra señal”, repitió mientras esperaba. Cuando el tren llegó, casi empujó a una señora por las prisas. Le urgía ver si había otro boleto doblado en la ventana. ¡Y sí!

Sé que no soy nadie para decirte que no te rindas, pero no lo hagas.

Lalo 55 7232 0740

Karina se bajó en la siguiente estación, sacó su celular y salió del andén. Dios le había enviado otra señal.

—¿Bueno?

—¿Lalo?

—Sí, ¿quién habla?

—Karina.

—¿Karina?

—Gracias por tu mensaje. Gracias por salvarme la vida.

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