Elsa Grau


El hombre del muelle despertó, se desperezó, recogió el periódico que le había servido de almohada y se echó a andar. Elsa Grau, mientras tanto, flotaba sostenida por una ráfaga vertical de aire y miraba desde arriba las calles estrechas de la ciudad, como en busca de algo. No sentía miedo. Vio a una mujer que empujaba una carriola con un niño de unos cuatro años que dormía. El hombre del muelle se había detenido a saludar a la señora. En eso, Elsa escuchó un gruñido: el lobo que había visto apenas hace unos minutos corría hacía ella con las fauces abiertas. Elsa aceleró el vuelo; sí, ¡estaba volando!

 
El cielo parecía una cartulina negra y lo único que se alcanzaba a ver era un aro de fuego, como los que usan en los circos para que pasen por ahí las fieras. El lobo se detuvo. El fuego le daba miedo. Elsa no tenía otra forma de escapar más que pasando por el aro. Se armó de valor, cerró los ojos y se lanzó. Cuando los abrió, ya estaba del otro lado, en un sitio soleado y tranquilo. Ya no volaba. Ahora caminaba por un prado verde y fresco, salpicado de flores amarillas. No muy lejos, vio tres casitas dentro de un terreno cercado y a tres cochinitos que hablaban entre ellos y señalaban al interior de una carriola. ¡Ahí estaba el niño que había visto desde lo alto! Dormía plácidamente y de vez en cuando hacía un gesto risueño. ¡Ajá! ¡Había penetrado el círculo del sueño del niño!

Se fue acercando con cautela, para no alarmar a los cochinitos; no quería que se pusieran a chillar y despertaran al niño. ¡Quién sabe en qué nebulosa onírica se encontraba! ¡No quería perderse en ella! Después del sobresalto de ver al hombre ensangrentado de sus pesadillas convertirse en lobo en el anillo del sueño del hombre del muelle, necesitaba descanso. Mientras el niño durmiera, ella podría descansar.

Elsa alcanzaba a oír la voz de una mujer que cantaba: "Los tres cochinitos ya están en la cama / muchos besitos les dio su mamá / y calientitos todos con piyama / dentro de un rato los tres roncarán...” Elsa sintió mucha paz y respiró hondo, deleitándose en la dulce voz y la fragancia de las flores. De pronto, uno de los cochinitos apuntó hacia donde ella estaba. Los otros chillaron alarmados. “Oh, no. Ya me vieron. Justo lo que temía. Se han puesto a chillar”, se oyó Elsa decir. Con el dedo índice sobre la boca, les imploró con la mirada que guardaran silencio, pero los tontos cochinos más boruca hicieron. Fue entonces que se dio cuenta de que estaban tratando de llamar su atención e indicarle que había algo, o alguien, detrás de ella. Elsa volteó y vio al lobo avanzando a toda velocidad para lanzarse sobre ella. Los cochinitos comenzaron a correr, empujando la carriola y haciéndole señas de que se apresurara y los siguiera. Elsa los alcanzó y los cuatro se metieron a la casa más grande, que estaba hecha de piedra. Cuando el lobo llegó, empezó a soplar y soplar. La casa cimbró. El niño empezó a gimotear. Elsa escuchó a la madre que susurraba suavemente "sh, sh, sh, sh". La madre lo sacó de la carriola y se acostó con él en una camita en una habitación de paredes azules decoradas con peces de colores. En un pequeño estante, había varios muñecos de peluche. Allí se habían acomodado los tres cochinitos.

En unos minutos, todo quedó en silencio. La madre también se había dormido. Elsa salió del cuarto y caminó por el pasillo hacia la derecha. Pasó por la sala y llegó a la cocina. ¡Vaya sorpresa! ¡Allí estaba la mujer lavando trastes! La mujer se dio la media vuelta y la saludó. ¡Era Jenny, su prima que vivía en Estados Unidos! “¿Qué haces aquí?” “Aquí vivo con mi esposo y mi hijo”, respondió la prima. “No sabía que tenías un hijo, ni que te habías casado”, dijo Elsa sorprendida. “Es un secreto…” Se oyó un portazo y un aullido. ¡Oh no! ¡El lobo! Elsa y su prima voltearon justo cuando el lobo apareció en la entrada de la cocina. La luz se fue en ese momento y solo se veía el brillo amenazante de los ojos de la fiera conforme se acercaba a ellas. “They say I don’t... but I do. I love women, tender tasty women!” espetó el lobo con voz rasposa y teatral. Jenny encendió una vela. El lobo se estaba volviendo hombre de nuevo y tenía sangre en la oreja derecha. Su pelo rubio, peinado hacia un lado como toldo, refulgía como estropajo en llamas. Las dos lanzaron un grito de terror cuando lo reconocieron. ¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Era Donald Trump! Elsa quiso correr, pero los pies le pesaban como plomo. Donald Trump estiró la mano y la jaló del hombro. “¡Suélteme, suélteme! ¡Le digo que me suelte!” “Señorita, señorita. Tranquila. Soy el señor que hace el aseo. Ya acabó la función”. Elsa Grau lo miró atontada. La luz le lastimaba los ojos. A su alrededor había solo butacas vacías.

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