Isabel Carrasco

“Lo que traigo puesto es una tristeza”, contestó Isabel con un tono lastimero cuando su tía le preguntó si ya se había puesto el camisón. La tía Dolores ya estaba acostumbrada a los dramas de Isabel y siempre respondía con una mezcla de exasperación y cariño. “Si no te lo pones dentro de un minuto, ¡voy a subir a ponértelo yo!”, le gritó desde el pasillo mientras iba y venía terminando los quehaceres pendientes.

—De verdad estoy triste, tía Dolores. ¡No estoy haciendo teatro! ¡Nadie me entiende!

—Niña, lo que tú quieres no es posible, ya lo sabes, hasta que tu papá regrese y te dé permiso.

—Pero ¡tía...!

—No hay pero que valga

La mujer entró al cuarto, confirmó que Isabel se estaba poniendo el camisón y apagó la luz sin hacer más caso a las protestas. Los dramas de Isabel siempre empeoraban cuando su padre salía de viaje. Cuando él estaba, la niña no insistía. Sabía muy bien que cuando su padre decía “no” era "no".

En la oscuridad del cuarto, Isabel ponderó las opciones. En realidad, no tenía más que una opción. Rogar y llorar no habían servido de nada, y su papá regresaba pasado mañana domingo. Ya no había tiempo de seguir rogando. Tenía que actuar.

Se levantó, acomodó debajo de las cobijas una almohada y la muñeca grande de trapo que le había regalado su papá una Navidad, se vistió y confirmó que, de lejos, parecía que dormía cubierta de pies a cabeza (lo que a menudo hacía para no sentir frío en la nariz). Si la tía Dolores se asomaba desde la puerta, la muñeca, la almohada y la oscuridad la encubrirían. Agarró la mochilita donde siempre guardaba los dulces y el dinero que le sobraban, abrió la ventana y con mucho sigilo y cuidado empezó a descolgarse por la guía de la planta trepadora. "Qué bueno que soy flaquita. Si no, me descubrirían cuando oyeran el ¡zas!", pensó divertida. Cual una gatita liviana y ligera de pasos, avanzó silenciosa por el jardín y saltó la media cerca. 

Isabel Carrasco era una niña menudita, de piel clara, barba partida, ojos y cabello color castaño, precoz y obstinada. "Algún día te servirá tanta obstinación, Isabel, porque se necesita ser obstinado para triunfar, pero a tu edad, solo sirve para meterte en líos", le advertía su tía Dolores de cuando en cuando. Isabel era la hija única de Jesús Carrasco, representante de la Coca Cola en esa región de Veracruz. Por su trabajo, Don Jesús salía de viaje seguido a los distintos poblados de los alrededores. La madre de Isabel había muerto por complicaciones causadas por una apendicitis cuando Isabel tenía apenas tres años. Isabel no recordaba mucho de su madre, pero sí recordaba que tenía la barbilla partida como ella. Lo tenía grabado porque ella y su madre jugaban a poner un dedo en el hoyuelo y fingir que era un timbre. Tras la muerte de su esposa, Don Jesús le había pedido a su prima Dolores que cuidara a la niña. Dolores no se había casado y vivía sola, así que gustosamente aceptó la oportunidad de tener una familia. 

Dolores se encargó de la crianza y supervisión de la niña hasta que Isabel cumplió 13 años. Fue entonces que el padre de Isabel reparó en el hecho de que su hija estaba convirtiéndose en una mujercita y decidió enviarla a un colegio para niñas y señoritas a continuar sus estudios. Isabel le rogó que no la mandara a un internado, pero sus ruegos no convencieron a Don Jesús Carrasco de que tener a su hija en casa era mejor. Tenía grandes expectativas para ella y le desagradaba el rumbo que estaba tomando. No estaba contento con las amistades que tenía en el pueblo. Isabel era, de por sí, atrabancada, y el grupo de niños de la escuela local con los que se juntaba solo la aceleraban más. Ya varias veces había tenido que irla a buscar a otro pueblo porque a la banda le gustaba andar lazando burros para andar de feria en feria. Dolores era demasiado blandita con ella. Claro, le daba mucho amor y la trataba como a una hija. Sin embargo, ahora que se estaba convirtiendo en una señorita, necesitaba mano dura, alguien que le apretara las tuercas. 

Isabel lloró los primeros días en el internado, pero pronto descubrió que la vida en el Colegio para Niñas y Señoritas Rosaura Zapata se prestaba para nuevas y divertidas aventuras. En cuestión de unas semanas, se convirtió en la cabecilla del grupo de las "mal portadas". En realidad, las diabluras del grupito eran simples travesuras de niñas inquietas y valientes que de vez en cuando desobedecían las estrictas reglas del colegio.

Una de las reglas era no desperdiciar nada. Por lo tanto, las estudiantes tenían que ocupar el mismo cuaderno de tapa a tapa hasta que lo llenaran. No se permitía arrancarles hojas ni dejar espacios en blanco. Si querían un nuevo lápiz, tenían que canjearlo por el viejo. Eso implicaba utilizar el mismo lápiz hasta que ya fuera imposible sostenerlo entre los dedos. Lo que más le desagradaba a Isabel era tener que comerse todo lo que le sirvieran. No obstante, era astuta y se las ingeniaba para evitar lo que más le disgustaba: los chícharos y el migajón de los bolillos. Mientras la Señorita Refugio vigilaba el comportamiento de sus pupilas al otro extremo del comedor, Isabel los sacaba y escondía en el dobladillo del delantal que las menores tenían que usar. Los pájaros del jardín ya conocían la rutina y volaban hacia ella tan pronto la veían salir y gustosamente se convertían en sus cómplices. 

De todas sus amigas, la más cercana y su compinche era Magda Urrutia, hija del gobernador del estado. Magda e Isabel compartían una recámara y dondequiera que una fuera iba la otra y, por lo general, si una se metía en líos la otra, también. Las amigas se habían prometido que siempre estarían juntas en las buenas y en las malas.

Una de sus travesuras favoritas era treparse a los árboles y platicar cada una sentada en su propia rama. Por supuesto, subirse a los árboles estaba prohibido pues no era propio de señoritas hacer esas cosas. Solo las marimachas se portaban así. Si bien las señoritas eran estrictas, el castigo por estas cosas era quedarse sin comer, y como de por sí la comida no era muy apetitosa, Magda e Isabel preferían recibir el castigo que dejar de subirse a los árboles y pasársela aburridas. Pero todo tiene un límite.

Antes de que las alumnas partieran de vacaciones, el colegio celebraba la Navidad con una fiesta para ellas y el personal. Así que el día de la fiesta tuvieron una cena especial, rompieron piñatas y disfrutaron de la pastorela anual que representaban las alumnas más grandes. Después de un tiempo para juegos de mesa, la celebración general para todas las alumnas se dio por terminada. Eran las 19:00 y las menores de 15 años tenían que irse a dormir. La siguiente parte del programa era solo para las mayores y las profesoras de la escuela. A regañadientes, las más pequeñas se despidieron y fueron a sus habitaciones.

—No es justo —susurró Magda.

—No, no es justo —respondió Isabel. —Pero no te preocupes. Tengo una idea y nos conviene que estén entretenidas.

Isabel se pasó a la cama de Magda y le explicó su plan.

—¿Y si nos cachan?

—No nos van a cachar. La fiesta va para largo y regresaremos antes de que termine.

Se apresuraron a vestirse y salieron por la ventana. Como eran de las más jóvenes, su habitación estaba en la planta baja y no era la primera vez que salían por la ventana, así que ya tenían perfeccionada la técnica para quitar y poner el mosquitero. Algunas noches salían a mirar las estrellas trepadas en un árbol, y hasta ahora nadie se había dado cuenta. Isabel estaba segura de que esta noche no sería la excepción. Además, las celadoras también estaban en la fiesta.

—¿A dónde vamos? —preguntó Magda.

—Al zócalo

—¿Y si hay borrachos?

—Es muy temprano para que haya borrachos. A esta hora todavía están los vendedores de churros y buñuelos. Te invito unos —le ofreció Isabel.

Isabel tenía razón. A esa hora, todavía había mucha gente en el zócalo y en el atrio de la iglesia había puestos de varias cosas. Las niñas compraron chicharrones, agua de horchata y remataron con los churros. La estaban pasando tan bien, que perdieron la noción del tiempo. Cuando se dieron cuenta, ya era tarde. A esa hora, la celadora ya debía haber pasado a revisar que todas las internas estuvieran acostadas.

La celadora estaba acostumbrada a encontrar a Isabel y a Magda en la misma cama y cuchicheando. Siempre era lo mismo: “Niñas, ya deberían estar dormidas, cada quien en su cama. Si no tienen sueño, pónganse a rezar en silencio o a contar ovejas”. Por eso, se le hizo raro que estuvieran calladas cuando pasó revista. “Tanta diversión las debe de haber cansado”, pensó. Estuvo a punto de retirarse; sin embargo, tanta quietud le daba mala espina. Cuando confirmó sus sospechas, corrió a avisarle a la directora.

La señorita Refugio era paciente y había sido paciente con Isabel y Magda, pero esto le había colmado la paciencia.

—No hagamos ruido para no despertar a las demás. Usted y yo las vamos a esperar. Ellas mismas caerán en la trampa.

Isabel y Magda no podían creer en su buena suerte. El colegio estaba a oscuras; eso quería decir que no las habían descubierto, porque si las hubieran descubierto, las luces estarían encendidas. Entraron sigilosamente, pero con mucha confianza por la ventana; se desvistieron, se pusieron el camisón y estaban a punto de acostarse cuando las deslumbró la luz de una linterna.

—Bienvenidas, jovencitas, —dijo en un tono severo la directora. —Mañana temprano las veo en la dirección. Buenas noches.

Isabel y Magda se quedaron mudas.

—Señorita Camerina, póngale un candado a la ventana y llave a la puerta.

—Sí, señorita directora.

A la mañana siguiente, la señorita Camerina trajo a las dos a la dirección.

—¿De quién fue la idea?

—Mía, señorita directora. —respondió Isabel con voz segura mientras las lágrimas rodaban por las mejillas de Magda.

—Isabel, le informaré a tu padre, hoy que venga por ti para las vacaciones, que quedas expulsada. Ya no volverás en enero. Te expulso no solo por lo que hiciste sino porque, obviamente, no sientes remordimiento. A ti, Magda, te daré otra oportunidad. Eres débil de carácter y te dejaste llevar. Tengo esperanzas de que, sin la mala influencia de Isabel, te endereces.

Magda lloró varios días la partida de su amiga, con una mezcla de añoranza y de culpa por no haber abogado por ella y por no haber sufrido mayores consecuencias a pesar de que lo merecía. Por su parte, Isabel había sufrido el peor de los castigos: tener que aguantar el silencio de su padre. Don Jesús ni siquiera intentó pedir clemencia para su hija. Era demasiado orgulloso y estaba profundamente decepcionado del comportamiento de Isabel. No podía darse el lujo de reprocharle nada a la directora. Cuando Don Jesús se enojaba fuertemente con Isabel, su costumbre era aplicarle la ley del hielo, e Isabel no sabía cómo lidiar con su frialdad más que guardando silencio también. A pesar de reconocer que había hecho mal, no podía pedirle perdón. No porque no quisiera, sino porque una de las primeras lecciones que su padre le había dado era esta: “Nunca pidas perdón. Piensa antes de actuar”.

La pobre tía Dolores tuvo que servir de mensajera entre ellos por varios días. Finalmente, al cabo de una semana, Don Jesús rompió el silencio como si nada hubiera pasado. Isabel retomó sus estudios en la secundaria local y ya no se le permitió regresar sola a la casa. La tía Dolores iba por ella todas las tardes para garantizar que no se fuera por ahí con la muchachada. Pobre Isabel. Extrañaba la libertad que tenía en el internado, pero más que nada extrañaba a su amiga. Extrañaba tener alguien de su edad con quien hablar y jugar. Su casa era un mundo de adultos, por más que la tía Dolores le ofreciera jugar con ella.

Ya había pasado casi un año de esta desventura y a Isabel se le había metido en la cabeza que quería sorprender a Magda el día de su cumpleaños, aprovechando que su papá no estaba. Por eso le había rogado y rogado a su tía que la dejara ir. Dolores le había propuesto esperar a que regresara su padre, pedir permiso y hasta había ofrecido acompañarla para aumentar las probabilidades de que se lo permitiera. Sin embargo, a pesar de que Don Jesús aceptaba que Isabel había hecho muy mal y que era merecedora de tales repercusiones, se había indignado muchísimo al enterarse de que solo a ella la habían expulsado y había jurado que nunca jamás ninguno de ellos pondría pie en ese colegio. Isabel sabía de antemano la respuesta.

Isabel llegó al Colegio Rosaura Zapata a eso de las nueve de la noche, pero como no quería perjudicar a Magda, decidió esperar hasta la mañana. Pasó la noche en el cobertizo y cuando calculó que ya las alumnas se habían levantado y desayunado, tocó la puerta de la escuela.

—Diga —dijo una celadora que ella no conocía cuando abrió la puerta.

—Buenos días, vengo a visitar a una de sus alumnas por su cumpleaños.

La celadora se asomó y miró a ambos lados de la calle:

—¿Vienes sola?

—Mi papá me pasó a dejar y vendrá por mí en la tarde —dijo Isabel haciendo changuitos para que le creyera la mentira y pidiendo perdón a Dios al mismo tiempo.

—Pásale. Tendrás que hablar primero con la directora.

Isabel se acomodó el vestido y se arregló el cabello para estar lo más presentable posible y ensayó su mejor sonrisa para tratar de disimular los nervios.

—Adelante —dijo la directora desde su escritorio.

—Buenos días, señorita Refugio.

—¡Isabel! —exclamó la señorita. —¡Vaya sorpresa!

—Vine a felicitar a Magda por su cumpleaños, pero, antes que nada, quiero pedirle una disculpa por mi comportamiento. Hice mal en no respetar las reglas.

La señorita Refugio la miró con un poco de sospecha. Entre las habilidades de Isabel, estaba hacer la barba y ganarse a uno. Como si le leyera la mente, Isabel agregó:

—Comprendo que desconfíe de mí, pero de verdad tengo muchas ganas de felicitar a Magda en persona y pasar el día con ella.

Esto le sonó más genuino a la directora y le sonrió.

—Muy bien. Ya lo pasado, pasado. Sé que Magda se pondrá muy contenta de verte. Será su mejor regalo de cumpleaños.

La directora mandó a traer a Magda y en cuestión de minutos Magda, y nada más y nada menos que la Señorita Camerina, entraron a la dirección. Las muchachas corrieron a abrazarse, y después de unos momentos de expresar el gusto de verse, Isabel corrió a abrazar a Camerina también.

—Magda no fue la única que lloró por tu ausencia. La señorita Camerina también se quedó muy compungida —dijo la directora

—Pensé que me moriría de aburrimiento sin tu presencia —dijo Camerina guiñándole el ojo. —Una vida monótona es una vida triste.

 —Pues bien, el tiempo está corriendo. Si van a salir a festejar tiene que ser ya. Las quiero de vuelta a las cuatro de la tarde. Compruébame, Isabel, que has cambiado.

Las niñas salieron tomadas de la mano y sin parar de hablar. Las dos se veían más grandes, ya eran unas jovencitas, pero su alegría y su comportamiento, demostraban que seguían siendo unas niñas.

Isabel y Magda pasaron las horas caminando por el centro de la ciudad y mirando los escaparates de las tiendas de ropa. De vez en cuando, ponían un carrusel y puestos de artesanías en el zócalo. Era su día de suerte. Parecía que el pueblo entero quería celebrar junto con ellas el cumpleaños de Magda porque ese día estaba el carrusel y había un tianguis. Entre risas y golosinas, mientras los caballitos daban vueltas y subían y bajaban, hablaron de sus planes y sus sueños. Algún día se irían a la Ciudad de México a estudiar la universidad y vivirían juntas.

Pronto llegó la hora de regresar. Las dos hubieran querido pasar más tiempo juntas, pero sabían que la oportunidad de volver a salir otro día (al menos en el caso de Magda) dependía de cumplir lo que les habían ordenado. Ya tendría Isabel que ideárselas para convencer a su papá y hacer las cosas a la buena y no a la mala la siguiente vez.

La despedida fue triste, pero a la vez gozosa. Isabel había pasado tiempo con su mejor amiga y había hecho las paces con la Señorita Refugio y la Señorita Camerina. Las puertas del colegio siempre estarían abiertas para ella, le habían prometido.

Pasaban de las siete cuando Isabel llegó a su casa. La tía Dolores caminaba como león enjaulado en la sala cuando Isabel entró.

—¡Niña! ¡Por fin, regresas! —exclamó la tía con un suspiro de alivio. —¡Me tenías muy angustiada!

—Pero ¿por qué te preocupaste, tía Dolores? Tú sabías dónde estaba.

—¿Cómo no me voy a preocupar? Anda, vete a dar un baño y ponte el camisón. Debería dejarte sin merienda como castigo.

Isabel subió las escaleras de dos en dos y tarareando una canción. Desde la cocina, Dolores oía el ruido de la regadera y el canto de Isabel. Después de unos minutos dejó de oír el agua, pero Isabel seguía cantando.

—Isabel, ¿ya te pusiste el camisón? —le gritó desde abajo.

—¡Lo que traigo puesto es mucha alegría, tía Dolores!

Esta vez Dolores no la regañó, solo esbozó una sonrisa. “Isabel, Isabel, te saliste con la tuya y, en esta ocasión, me alegro por ti”, dijo para sus adentros. “Le ruego a Dios que siempre seas feliz”.

 

 

 

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