La esposa de Job

 





El aire estaba frío —lógico, era pleno invierno—, pero este era un frío distinto, era un frío de morgue. Su hijo, su amado hijo, había muerto apenas hace diez días, y el frío y su ausencia le calaban los huesos; no dejaba de temblar. Su esposo guardaba silencio; se levantaba en las mañanas, preparaba el café y se sentaba a leer el periódico. A veces lo veía con los ojos cerrados, en aparente oración. Parecía inmutable. ¿Acaso no tenía sentimientos?  

El dolor había erigido un muro entre ellos y no sabían cómo derrumbarlo, o escalarlo, para poder acompañarse. Ella sentía que las paredes la aplastaban, que le faltaba el aire. ¿Y él? ¿Él qué sentía? Las lágrimas de ella corrían al menor descuido, como esa mañana. Él permanecía estoico. Fue ella quien rompió el silencio...

—¿Por qué insistes en aparentar que estás conforme? ¡No te creo! 

—¡Los planes y tiempos de Dios son perfectos, Raquel! Ya habíamos hablado de esto...

—¿De verdad crees eso? ¿De verdad crees que un niño de tres años merece enfermar de cáncer y morir una muerte lenta y dolorosa? ¿Pues en qué clase de Dios crees?

—¡Raquel! Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos...

La mujer lo miró sin comprenderlo, hizo a un lado el desayuno que apenas había probado y se levantó llena de rabia.

—¡Raquel, no seas insensata! ¿Cómo puedes comportarte así? Espera... Tenemos que ponernos de acuerdo para el servicio... Pronto llegará el hermano Jorge y tenemos que finalizar el programa...

—¡No quiero ver a nadie de la iglesia! ¡No quiero hablar con nadie! Si alguien más se atreve a decirme que “Dios así lo quiso...” que “sus planes son perfectos”, como dices tú, o que Dios “nunca nos va a dar más de lo que podamos soportar”, ¡voy a explotar!

—Te guste o no, todo eso es cierto. Por alguna razón, el Señor, en su soberanía, nos mandó esta prueba...

—Si tú quieres creer todo eso, adelante. Tú eres el pastor, ¡no yo! No quiero ver a nadie, ¡a nadie! Tú decide qué incluir en el programa. Solo abstente de frases trilladas, por favor...

Raquel se encerró en su cuarto. Job tendría que dormir en otro sitio. No lo quería a su lado. Su presencia no la consolaba; al contrario, la llenaba de ira. Hacía tiempo que no compaginaba con él, que cuestionaba sus creencias. No creía —se rehusaba a creer— que todo en este mundo aconteciera de acuerdo con un "plan divino", que Dios fuera el causante del sufrimiento, y ahora que su hijo estaba muerto, dudaba incluso de que Dios existiera. Era preferible creer que Dios no existía a creer en un dios indiferente, al que le importábamos un comino.

Una larga fila de amigos, familiares y conocidos se acercó a darles el pésame tras “la celebración de vida”. ¿Por qué la gente no se atrevía a llamar las cosas como lo que eran? Ella no celebraba la corta vida de su hijo; lloraba su muerte. Aun así, se limitó a dar las gracias con una sonrisa beatífica. No quería armar una escena. Para eso se requerían fuerzas, y ella no las tenía.

La oscuridad caía temprano por esos rumbos del Norte, por esas fechas, pero su oscuridad era diferente, interna, más profunda que un hoyo negro, que la nada que arrasa con todo. La noche la estrujaba y le sacaba el aire. A veces, tenía ganas de gritar para que Job viniera y la abrazara, pero la voz le salía ahogada. Job no la alcanzaba a escuchar desde la biblioteca. Además, temía que le saliera con lo mismo de siempre, que no le permitiera sacar todo lo que llevaba adentro, aunque fueran sandeces. Era demasiado correcto el hombre.

Volvió al trabajo. Solo tuvo días suficientes para un mes de permiso. ¿Qué le iban a decir sus compañeros? ¿Aguantaría las lágrimas? ¿Cómo era posible, en primer lugar, que la vida continuara como si nada? “Oigan, se murió mi hijo. ¡Mi hijo!” Quería bajar las ventanillas del auto y echárselo en cara a la gente que esperaba el autobús tan despreocupadamente, a los que iban cruzando la calle, al conductor que iba al lado. “¿Qué, no saben que se murió mi hijo? ¡Se murió mi hijo!”

Uno de estos días iba a chocar. Los limpiaparabrisas no podían limpiarle las lágrimas. Era como si cayera una tromba repentina que impedía la visibilidad más allá del toldo que formaban sus pestañas. Ya no le daba miedo morir. Quizás sería mejor. Le dio un golpe al tablero y oyó un crujido. Había roto algo.

“Recuerda que la vida es bella” se había atrevido alguien a decirle en Facebook alarmado por su publicación. “El sol volverá a brillar” escribió alguien más. “¡Tontos! ¡Si hubiera muerto su hijo, verían que no hay sol que ilumine la oscuridad de su ausencia!” Deseaba que no abrieran la boca, o que no pusieran comentarios, pero eran igualitos a los amigos de Job, del Santo Job y de Job su marido. Tenía que haber una razón, una lección… estas cosas no pasaban nomás porque sí… y todas las cosas ayudaban a bien, le habían dicho mil veces… ¿Quién era ella para cuestionar a Dios?

Comenzó a poner excusas para no ir a la iglesia. Le dolía la cabeza, tenía catarro, le había caído mal algo que comió. Job no la podía alcanzar con sus versículos y oraciones. Había cerrado su corazón.

…..

24 de diciembre de 2009

Simeón los bendijo, y dijo a su madre María: He aquí, este niño ha sido puesto para la caída y el levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción (y una espada traspasará aun tu propia alma) a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones. Lucas 2:34, 35

“Una espada traspasará tu propia alma”. Imagino lo que sentiste, María. Eso siento yo.

3 de enero de 2010

Quiero conocerte, al verdadero Dios. ¡Parece que no te importamos!

5 de enero de 2010

Soñé con él. Me dijo que quería seguir viviendo con nosotros para siempre. ¡Cómo quisiera, mi amor, que siguieras conmigo! ¿Y si no existe el cielo? Lo único que me parece real son tus cenizas.

10 de febrero de 2010

Hoy se le ocurrió a Catalina decirme que debería estar contenta porque ya no sufre. Me agarró de buenas; si no, le hubiera contestado que por qué entonces no se muere ella.

15 de febrero de 2010

Me enteré de que el hijo de una conocida está grave. Señor, no quiero orar por él. En primera, porque no creo que hagas nada, no creo que lo sanes, y en segunda, porque temo que sí lo sanes y a mi hijo no lo sanaste.

1 de marzo de 2010

O Dios no existe o es muy paciente conmigo. Hoy lo llamé “Dios de pacotilla” y no me fulminó un rayo.

3 de marzo de 2010

Tampoco hoy quiero ir a la iglesia. Todo me parece falso, sobre todo las predicaciones de mi esposo.

17 de marzo de 2010

Me ha hecho bien ir con la psicóloga. Con ella puedo abrirme completamente y expresar sinceramente lo que siento. Si le miento la madre a Dios, ella no se espanta.

25 de marzo de 2010

¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como junta la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! Lucas 13:34

¿Será que Dios me está diciendo esto a mí, pero yo no dejo que me abrace? Oh, Señor, ¡ayúdame a acercarme a ti!

7 de abril de 2010

Mañana habrías cumplido cuatro años. ¡Visítame en sueños, por favor!

4 de mayo de 2010

Hace tanto que no escribo. He seguido leyendo la Biblia, pero no he escrito nada. Hijo, te extraño.

5 de mayo de 2010

Se acerca el día de las madres. Espero que a nadie se le ocurra felicitarme.

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El domingo del día de las madres “le dio” otra de sus frecuentes jaquecas. Ya a solas, se acomodó en el rincón donde había agarrado la costumbre de sentarse a contemplar la oscuridad y el amanecer. Había vida allá afuera, pero no en su casa, no en su corazón. Las ardillas se entretenían pelando con los dientes unas semillas o persiguiéndose en un juego divertido que comenzaba en la base del manzano, continuaba por el tronco, seguía por las ramas y luego de regreso. ¡Cuánto le gustaba a su hijo jugar a las alcanzadas! Recordaba esos sábados por la mañana mientras preparaba el desayuno y Job y Caleb se perseguían en el pasillo, la sala, el comedor, hasta que Job se dejaba atrapar y se tiraba al suelo derrotado y Caleb daba de saltos a su alrededor en una danza triunfal. “Lo atrapé, lo atrapé”, gritaba con su vocecita de niño y machucando las palabras. Fue la súbita pérdida de fuerza del lado izquierdo de su cuerpo la primera señal de alarma, cuando comenzó a correr arrastrando la pierna y el brazo colgando. Pinche cáncer. Le había robado a su hijo su capacidad de correr, de deglutir, de respirar. La había dejado con los brazos vacíos y a Job sin su compañero de juegos. No, esta enfermedad no había sido un designio de Dios. Jesús no había recorrido Palestina enfermando a la gente. Al contrario, los había sanado, había incluso devuelto la vida al único hijo de una viuda, a Lázaro… ¿Pero ahora, en el siglo XXI, habían cesado los milagros?

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18 de mayo de 2010

Por fin me decidí a tomar un antidepresivo. Espero que me ayude.

16 de junio de 2010

Se acerca nuestro aniversario. ¿Queda amor entre nosotros?

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El día de su aniversario no se atrevieron a felicitarse. En realidad, no eran felices. No tenía caso fingir. Las flores y los chocolates salían sobrando. Al principio, Job había tratado de persuadirla, de hacerla entrar en razón, de convencerla de sus puntos teológicos, pero eran precisamente estos los que cada vez la distanciaban más. Raquel quería creer que Job estaba equivocado, pero cuando la asaltaba la duda, sentía que eran dos contra una, Job y Dios contra ella, la mujer insensata de un pastor que tenía que dar la cara a una congragación y tener todas las respuestas porque si no... si no, ¿qué?

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1 de julio de 2010

Conocí a otra mujer que perdió a un hijo. Su compañía fue como un bálsamo para mis heridas. Gracias, Señor, por la bendición de conocerla. Quedamos de vernos de nuevo.

7 de julio de 2010

Me cuesta tanto trabajo creer. Quiero confiar en ti, Señor, pero me gana la duda. Espero que de verdad seas como te pintan. Bueno, depende de quién es el pintor. Mejor dicho, espero que de verdad seas como Jesús. “Si me has visto a mí, has visto al Padre.” ¡Ayúdame en mi incredulidad!

10 de julio de 2010

¡Debería llamarme Raquel Tomasa! Quiero ver para creer, y no te veo ni te siento.

18 de julio de 2010

Hace calor; te encantaría ir al lago y jugar con la arena y mojarte los pies.

5 de agosto de 2010

Ya empezaron las promociones para la compra de útiles escolares y de ropa. Tú nunca fuiste a la escuela.

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El verano estaba pasando. Al cabo de unas semanas, llegaría el otoño y con él cosas bellas que en su momento habrían sido motivo de felicidad. A Caleb le gustaba recoger las hojas naranjas, amarillas y rojas que caían de los árboles del barrio. Todavía conservaba la colección que con tanto entusiasmo habían comenzado él y ella. En esa misma caja, había puesto el mechón de pelo que le cortó el día que se despidieron.

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20 de agosto de 2010

Ustedes andan equivocados porque desconocen las Escrituras y el poder de Dios. Mateo 22:29

Siento que esto se aplica a mí: “No conoces las Escrituras ni el poder de Dios, Raquel; por eso no crees”.

23 de agosto de 2010

Los salmos me ayudan y me irritan a la vez. No creo en “las promesas de Dios”. Es pura hipérbole.

30 de septiembre de 2010

El tiempo pasa tan rápido y tan lento a la vez. Creo que la medicina me ha ayudado, y espero que me ayude a lidiar mejor con la oscuridad y el frío invernales que se avecinan. Pero más que nada te necesito a ti, Señor. Perdona mi falta de fe.

30 de octubre de 2010

Mañana es Halloween. Voy a apagar las luces de la casa para que no vengan a pedir dulces. Me dolería ver a tantos niños risueños y que tú no estés. La pasaste bien tu último Halloween, a pesar de que no te sentías bien. El hospital se esmeró para traer un poco de normalidad a tu vida y a la de los demás niños internados. Gracias a Dios por ellos, aunque no pudieron salvarte. Te amo, hijo. Te extraño mucho, muchísimo.

4 de noviembre de 2010

Se acerca el aniversario de tu muerte, mi amor. No puedo creer que ya casi ha pasado un año. No entiendo cómo es posible que siga yo viva. No me parece justo seguir viviendo. Las madres deberíamos morir junto con nuestros hijos. ¿Y tu papá? Lo sigo queriendo, pero vamos por rumbos distintos. ¡Nos haces tanta falta!

10 de noviembre de 2010

Si supieras lo que Dios puede dar y conocieras al que te está pidiendo agua —contestó Jesús—, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva. Juan 4:10

Si conocieras al que te está pidiendo agua…

Si supieras quién soy yo verdaderamente, Raquel. ¡Ayúdame a conocerte, Señor Jesús!

16 de noviembre de 2010

No habrá más allí niño que viva pocos días, ni anciano que no complete sus días… Isaías 65:20

¡Cuánto anhelo que llegue ese día!

…..

El día del aniversario de la muerte de su hijo, Raquel se despertó y miró a su alrededor con desconcierto. El día había llegado y se sorprendió de su relativa calma. Sentía ese vacío frío ya familiar en la boca del estómago, pero no más. ¿Se estaba acostumbrando a su ausencia? La idea le molestaba; a veces solo el dolor la hacía sentirlo cerca. Aun así, tenía que reconocer que, al menos en ese preciso momento, el dolor no la consumía. Se levantó y se acercó a la ventana. Había nevado y el sol brillaba en su esplendor. Era una hermosa mañana.

—Raquel... ¿puedo pasar? —le preguntó Job entreabriendo la puerta. Su voz, rara, algo rasposa. —¿Puedo pasar? —volvió a preguntar.

—Sí, claro...

Raquel regresó a la cama y se sentó en la orilla. Job se acercó a ella y, después de titubear unos segundos, se sentó a su lado. Por unos instantes, los dos guardaron silencio. Entonces, como surgido de una caverna, Job emitió un grito gutural y se dobló en un llanto convulsivo. Fue como si de pronto se abrieran las ventanas de los cielos y no hubiera modo de cerrarlas. Raquel lo abrazó contra su pecho y lo dejó llorar hasta el cansancio.

           


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